Vida

Ayer precisábamos de un implemento que sirviera para bautizar a Jesús. No, no se ha concretado la segunda venida, sólo se trataba de una dramatización del bautismo de Jesús a manos de Juan como lo relata Mateo en el evangelio que se le atribuye. El caso es que una chica dijo que se haría cargo del asunto y pronto llegó con una flor arrancada de su hogar. Me sentí inmediatamente culpable y pedí que trajeran un recipiente con agua en el cual dejar descansar a la flor. La gente me dijo que no era necesario, que ella moriría igual, y yo les dije que en tal caso quería que tuviera una muerte menos atroz. A muchos mi actitud les pareció exagerada e innecesaria, pero no puedo obviar la vida detrás de la apariencia inerte de la flor.

Hace años mi profesor de inglés llegó a la sala de clases con una flor medio muerta en la mano. Nos contó que al subir al metro la encontró en un asiento y decidió llevarla al salón para ponerla en un recipiente con agua porque no podía dejar a un ser viviente morir con tamaña desolación. Por esos años me pareció tierno pero exagerado. No hay nadie más egoísta que un adolescente, le escuché decir a un poeta hace unos días. Y vaya que cierta es esa frase. Yo, por entonces, adolescente, muy preocupada de mi propia existencia no hallé mayor relevancia en el gesto de mi profe. Ahora, es cuando he ganado perspectiva y puedo dejar de lado mi vanidad para legarle mis respetos a la flor que arrancamos para bautizar a Jesús. Podríamos haber utilizado cualquier cosa y dejar a esa flor continuar con su existencia hasta que la naturaleza de su vida fuera desplazada por la muerte natural. Pero no fue así. Fue arrancada y me siento responsable. Le debemos respeto a la vida y no tan sólo a la humana.

Lectura, amor y decepción

Alguien me dijo: tarde o temprano todos terminan decepcionándose de Heidegger. Eso me tiene muy inquieta porque me he pasado unos días de ensueño leyendo con esa adrenalina que se apodera del cuerpo, del alma cuando la lectura interpela y conmueve. Pero me acecha ese malvado mensaje que me envío un egoísta sin permitirme siquiera caer en el amor antes de romper la ilusión. Es como si estuviese casándome y justo ante el altar los dioses sentenciaran: serán felices mientras dure pero tarde o temprano dejarán de amarse.

No me he decepcionado de Heidegger aún, pero me agobia la idea de que en algún momento me abandone este olvido del mundo que permite que las horas pasen volando y no precise más que empaparme de letras.

No se preocupen, no estoy obsesionada. De cuando en vez me tomo descansos y me voy a otro cuarto a leer a Juan Villoro. Quisiera devorarme con avidez los textos, como lo hiciera el mítico Rain Man cada día de su vida. Qué bellas se tornan las jornadas que te permiten leer y maravillarte del milagro de que las letras existan y los seres humanos se hagan a partir de ellas. No entiendo cómo puede haber gente que vive tranquila en este planeta negándose el placer de leer…

Es abrumador de pronto, lo sé. Pero debe serlo. La vida no debiese sucedernos como algo trivial pues el arte de llevar una existencia a cabo en la inmensidad del universo no es sino el más magnífico trabajo que se nos pueda encomendar… y poder tomar consciencia de ello es un regalo invaluable.

Por eso ahora mismo presionaré el botón publicar y volveré a Villoro o a Heidegger. Continuaré mi viaje, viviré las vidas posibles de una lectora que siempre está dispuesta a una nueva aventura, a una nueva conmoción, a una nueva teoría, a una nueva decepción.

Ausencias

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Fui a La Paz. Siempre me hace feliz visitar esa caótica y horrenda ciudad a la que admiro como una niña que por primera vez siente un algodón de azúcar deshacerse entre paladar y lengua. Esto no tiene nada que ver con lo que diré  a continuación, sólo quería contarles que fui a La Paz, que por la noche tras mi ventana vi las luces de la ciudad alejarse y me prometí regresar pronto, que comencé a extrañarla en ese mismo instante y que aún no termino de asombrarme ante la maravilla de que tanta gente haya sobrevivido a la rudeza de Los Andes. La Paz es una ciudad increíble, llena de contrastes y sorpresas… pero no quiero hablar de ello ahora, sólo quería decir lo que ya he dicho antes: fui a La Paz.

Lo que me trajo de regreso aquí es que hace unos cuántos sábados pinté la cocina de mi casa con la esperanza de que el nuevo color de las paredes me alentara a escribir más. Han pasado al menos cinco sábados y no he escrito más que siete páginas en el cuaderno de anotar. Todas han sido redactadas en plazas públicas de la ciudad, ninguna en la cocina resplandeciente. Es que estoy con mucho cansancio, poco tiempo libre y mucha lectura. Todo lo que me quita el tiempo de escritura es apasionante, pero extraño escribir con la regularidad que purgaba mi espíritu y me agobia saber que la nueva tonalidad de la cocina no ha causado en mí el efecto esperado.

La cocina sigue sin ser estrenada. Ahora estoy escribiendo desde la biblioteca a la cual no puedo asociarme por no cumplir con uno de sus requisitos odiosos: no tengo un pariente directo en esta ciudad que me sirva de aval. Quiero leer los libros que hay aquí, pero me cuesta pasarme las pocas horas libres viajando hasta estas instalaciones para encontrarme cara a cara con mi autora favorita. La literatura siempre ha sido para mí un amor no correspondido, quizás sea hora de aceptarlo y dejar de añorar la escritura que no me fluye y la lectura que siempre encuentra excusas para alejarme.

Como si todo lo anterior fuese poco, he abandonado la blogósfera porque no he encontrado tiempo de calidad para dedicarle a mis blogs favoritos. Espero también haber sido extrañada, si no esta entrada carecería de sentido y sólo le estaría explicando esta prolongada ausencia a esa parte de mí que cada día recuerda con nostalgia los paseos por cada blog.

En fin, quizás este no sea un regreso definitivo, pero sí es una señal: la cocina será estrenada algún día y la ausencia llegará a su fin definitivo. Por ahora sólo resta soñar.

 

El globo rojo

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Fui a un sitio muy especial. No sé qué hice en ese lugar, pero tengo absolutamente claro que todo lo que allí realicé forjó en mí una profunda saciedad y un gran sentido de felicidad. Reconozco en mi alma un cambio absoluto como si de pronto hubiese tocado el origen, el fundamento mismo de la poesía y la belleza. Todo esto no lo aprecié sino hasta el final del último suceso que significó el reconocimiento máximo del sentido de la vida.

Cuando salí de ese lugar llevaba en mis manos un globo rojo al que yo cuidaba con especial atención pues no deseaba dañarlo siquiera con el roce de una mirada mal dirigida. En el interior de ese globo rojo se gestaba mi tesoro, aquello que había conseguido en dicho lugar; lo que me había sido concedido por las fuerzas divinas para abrir puente hacia la concreción de la felicidad. Pude ver cómo dentro de ese globo flotaba vida, forma, amor, esencia, alma. Pude sentir cómo se desarrollaba una personalidad, cómo se forjaba talante, carácter; pude amar sin tocar, sin ver, sin necesitar saber siquiera si era correspondida.

Al llegar a casa seguía adormecida por una paz interior que era más profunda que las simientes de la tierra y estaba en insondable paz con el mundo, es decir, conmigo misma. Mi estómago estaba inflado como un globo rojo, en él había criaturas comprando entrada para ver el espectáculo de la vida desde afuera, siendo protagonistas del hecho más espectacular que imaginarse pueda. Mi madre estaba esperándome en el hogar, nuestro hogar de paredes blancas y muebles color crema. Al fondo de la pieza había una camilla, dos enfermeras y un médico. Ninguno de ellos tenía cabeza, al menos yo no pude verla. Pero vi sus cuerpos. El médico era un hombre muy corpulento, robusto, poseía unas manos enormes y fuertes. Las enfermeras eran dulces, sabias y fuertes. Había entre todos nosotros un equilibrio sobrenatural, una armonía sobrecogedora que provenía del amor. Mi madre, como siempre, irradiaba felicidad, y estaba realmente inflada de dicha y orgullo, como si hubiésemos empezado un nuevo rumbo.

De pronto comencé a sentirme extraña. Desde mi entrepierna empezó a caer un líquido suave y tranquilizante que cubría la piel de mis piernas como trazando un camino de suavidad hacia el mundo nuevo que se abre cada vez que suenan las campanas de la vida. Las personas que estaban junto a mí me subieron a la camilla porque yo no tenía fuerzas para hacerlo sola, estaba cansada como realizando un trabajo que acaparaba todas mis fuerzas, comencé a sudar y sentía la obligación de conectar mis energías desde el centro de mi ser, desde el fondo de mi alma para realizar un esfuerzo del que no tenía antecedente. Sentí miedo porque pensé que me abrumaría un dolor que no había sentido nunca antes, me aferré a los brazos que me rodeaban para ayudarme a pasar de ese trago de dolor. El médico comenzó a decirme que pujara, que pujara con todas mis fuerzas, que sólo necesitaría tres esfuerzos y todo cambiaría par siempre. Me sentía como si estuviera flotando en una cama de agua. Comencé a pujar, uní las fuerzas de mi alma con la de mi cuerpo, apreté todos mis músculos y realicé el más grande esfuerzo de mi vida. No hubo dolor la primera vez, tampoco la segunda. Puja, puja una última vez, me gritó el médico y yo estaba asombrada por tanta maravilla, por tanta calma, por la ausencia de dolor. Entonces, pujé una última vez y el médico se mostró feliz, dichoso, como si a través de mí cumpliese su propio sueño. Entonces, la alegría era compartida, todos en la sala habíamos dado a luz algo maravilloso. Miré hacia mis pies, cortaban el cordón que me había unido por tantos meses a mi descendencia. No podía con la dicha. En este punto me quedo sin palabras y es por esto que no puedo explicar lo que sentí, no encuentro forma de contarles lo que sucede en ese momento, lo que pasa por la cabeza al presenciar tamaño milagro. La enfermera me miró a los ojos, leyó en mí aquel sentimiento inefable que me habitaba y se acercó a mí con dos de mis retoños. La otra enfermera hizo lo mismo con el tercero y de pronto tenía yo en el pecho, entre mis brazos a mis tres preciosuras, pequeñas, indefensas, dispuestas a recibir mi amor. Poblaron mi pecho, el lugar donde se forjan todos mis afectos, ahora y para siempre ese lugar era para ellos, se convertiría en el pequeño santuario donde le rindo tributo al milagro de la vida. Todo en esa sala era amor, mi casa presenciaba el más bello espectáculo que he protagonizado en la vida y estaba rodeada de gente que compartía mi felicidad, que recibía a mis retoños con el mismo amor que yo. Todo había cambiado para siempre, mi globo rojo se reventó pero no se destruyó, se trasformó en algo más bello y ahora conforma lo más anhelado de mi vida: un hogar.

Doscientos cuarenta y tres

Temo que algún día, llegada la vejez, contemple el pasado y descubra que mi vida se resume en una anécdota.

¡Qué sencillez tan abrumadora para un alma tan vanidosa!

La noche se transforma en grandes cuernos que me persiguen para arrancarme el aliento y la vejez se transforma en un sueño. La anécdota se desvanece. Respiro para vencer los miedos, ser más grande que el ego, volar sin noches cornudas, sin mañana.