Estar

Hace unos días comencé a aprender una lengua no perteneciente a la familia de mi natal castellano que, la verdad sea dicha, me fue legado bajo extrañas circunstancias. Luego de salir de clases obnubilada por todo lo aprendido, pasé por una librería y compré (sin motivos aún claros) todos los libros de gramática que había sobre las lenguas de la familia de mi natal castellano. Después pasé por una calle hermosa y leí un letrero que decía “Taller de títeres”, entré de inmediato al sitio y comencé a darle vida a pequeñas creaciones que revivían viejos diálogos de almas distantes. Más tarde fui a tomar un té con una amiga y la escuché con mucha atención. Me sentía humana, tan humana que podía, a través de códigos, oír emociones ajenas. Tantas emociones que los títeres cobraban voz  propia, tantas emociones que mi amiga tenía mi respeto. Me sentía invencible, más que enseñarme una lengua muy extraña ese profesor me había dado alas, quería aprenderlo todo, quería sobre todo aprender  a oír.

De pronto la vida me pareció un entramado de palabras por oír, un misterio por descubrir cuyas pistas no nacen en mi lengua que parece haber emigrado de mi boca. Ahora caigo en cuenta de la más pequeña y dulce de las certezas: el silencio es el camino a la sabiduría y no porque en mí esté la respuesta, sino porque me constituye un otro… y para darle paso a ese otro, para darle el derecho de vivir, entonces debo permitirme el honor de oírle.

En definitiva, hoy por hoy aprendo palabras nuevas en códigos tan lejanos a mi natal castellano sólo para sumergirme cada vez más en un profundo silencio que me enseñe a esperar mi tiempo de hablar.

¿Identidad?

Tengo una confesión que hacerles: busqué mi nombre en Google. No tenía nada que hacer, era domingo por la tarde, los domingos son feos y aburridos, nadie a mi lado, solo mi computador y yo, tuve la genial idea. Anoté mi nombre, empecé a correr el cursor hacia abajo y encontré cosas que no esperaba. Había, por cierto, fotos mías, artículos, cosas varias. Me pareció raro, pero eso no es lo que más me llamó la atención. Lo que más me sorprendió fue ver cuánta gente lucía el mismo nombre con el que me he identificado toda la vida. Había chicas de todas partes del mundo siendo yo. O no, en realidad siendo ellas. ¿Qué es, entonces, lo que me hace ser yo? Si no es mi nombre, entonces, ¿cuál es mi identidad?

Me pasé mucho rato pensando en esas personas que van por el mundo con mi nombre y mi apellido, o sea, con su nombre y su apellido. Ay, ya me enredé. ¿A qué se dedicarán?, ¿Serán sus vidas más bacanes que las mías?, ¿Sonreirán más a menudo?, ¿Llorarán cuando Chile pierde un partido de fútbol?

Es inevitable pensar que ellas no son yo, pero que tenemos algo tan profundo en común que podríamos, eventualmente, ser la misma persona. ¿Les gustará comer helado como a mí?, ¿Habrán sentido deseos de fumar mientras leen a Heinrich Böll?, ¿Querrán tomar té de manera compulsiva mientras escriben?, ¿Habrán soñado con besar a Alejandro Zambra?, ¿Jugarán a ser artista frente al espejo luego de cada ducha?, ¿Bailarán con desenfreno cada noche?, ¿Sentirán paz luego de cada vaso de cerveza?

Por un momento sentí ganas obsesivas de ingresar a sus redes sociales y ver qué tipo de gustos tienen, qué cosas comparten en sus redes sociales, quería saber si eran mejores que yo (en todo sentido). Pero me dominó el pudor. No tengo derecho a indagarlas. Sin embargo, seguía con la angustia del nombre y el apellido compartidos. Ese nombre te queda perfecto, me dijo un tipo alguna vez. Y por supuesto me lo creí. Ahora me pregunto si a ellas les habrán dicho lo mismo, si a todas nos termina quedando perfecto este nombre. Este nombre que papá eligió especialmente para mí incluso antes de que yo naciera. Desde que estaba en el vientre de mi madre me llamo así, mi historia completa comienza con ese nombre, pero hay otras también son ese nombre. ¿Quién soy yo entonces?, ¿Reside mi identidad en mi Cédula o en mi pasaporte?, ¿Soy mi nombre, mi apellido, mis escritos o mi voz?

¿Soy la que arrojó la búsqueda de Google?

¿Soy mi cuerpo?

¿Quién soy?

¿Qué sentido tiene preguntárselo?…

 

El extenso imaginario de mi noche

He pensado toda la jornada sobre la cantidad de veces que me he quedado con textos a medio corregir o incluso sin escribir. No he podido dar con un número. En la hondonada de la noche es cuando más siento que produzco textos, pese a que muchos de ellos jamás llego a plasmarlos. Solo se me ocurren, los escribo, los reescribo, borro párrafos enteros, cambio hechos, bautizo personajes. Todo eso en el mundo de mis ideas, en el intangible mundo donde me expreso con tanta claridad, tanta libertad que nunca quiero regresar. Es en la noche cuando pienso, cuando el calor de la ciudad me abandona y me siento capaz de adentrarme en los oscuros terrenos de la fragilidad del ser. Y me dan tantas ganas de ser yo misma. Hay que ver como lo logro, porque me invento y me reinvento cuantas veces quiero y nadie me juzga. Nadie me dice lo mal que va todo y el poco sentido que cargan lo hechos.

Es mi historia la que escribo cuando imagino libremente sobre el imaginario papel. Blanqueo cada rincón de la oscura y eterna noche con alcohol e historias que jamás verán la realidad porque la gloria la tienen ganada en el otro lado de la noche. Y de ese, no se regresa.

Errante

Errante

Puede que no esté donde quisiera. Puede que no esté donde quisieran. Puede que parezca transitar un camino errante. Puede que crean que no tengo destino claro.

Empiezo un camino nuevo cada cierto tiempo y quizás nunca llego a ningún lado, al menos no donde otrxs desearían verme. Pero avanzo, casi imperceptiblemente, avanzo.

Puede que no esté donde me quisieran, donde quisiera. Pero, por fortuna, ya no estoy donde solía estar. Moverse no siempre es avanzar, pero en cualquier caso es vivir.

La escritora

Soy la escritora intrusa. Aquella que revela lo que otros no quisieran ver públicamente. Soy la que recuerda lo que nunca sucedió. Soy la escritora que observa con detención y luego dice frases que nadie sabe complementar o contestar. Soy la que narra hechos con la delicadeza que no se nota en el cotidiano. Soy la escritora que necesita ojos, sonrisas y gestos en los rostros para convertirlos en letras e inmortalizarlos en textos basados en hechos que, según mi antojo, son reales.

Soy la escritora que calma la necesidad de transformar la realidad a través de piezas que siempre se ven más bellas en papel que en vivo y en directo.

En resumen y sobre todo

Soy la escritora que no sabe quién es cuando escribe.

Bandini

Soy Antonio Bandini. En el fondo siempre lo he sido. Sin embargo, no había querido caer en cuenta de que también soy las naranjas que le quitan el hambre y los dólares que le faltan en el bolsillo. Soy Camila, la mesera cuyo amor no lo alcanza y la señora que le cobra la renta sabiendo que Bandini no tiene un peso, sino que tiene letras fracasadas que compartirle al mundo. Los Bandini nunca viviremos de nuestras letras, lo sabemos. Pero viviremos para alimentar el sueño que montamos al plasmar cada letra en el papel que mantiene viva la esperanza. Por fortuna, los Bandini no escribimos para que nos ame el mundo, escribimos para salvarnos de él.

bandini

Me presento

Me presento

I am somewhat of a question mark

Soy un signo de pregunta
Soy un pero
Soy un sin embargo
En ningún caso soy un signo de exclamación

Soy el signo de la pregunta que nadie ha formulado aún
Soy el pero que nunca falta cuando no queremos oírlo
Soy el sin embargo que conjetura lo que todos dan por sentado
En ningún caso soy un signo de exclamación porque me falta energía