En caso de…

Te dejo esta botella de vino sobre la mesa para que la bebas y me recuerdes. Y pienses que me quisiste y me hayas querido de verdad. Y lo sepas a destiempo, pero lo sepas al fin.

Después de todo ya no hay nada que hacer.

Los intentos  por repetir lo que no es posible hacer bien se agotan.

En caso de que no lo hubieses notado a tiempo, te quise.

Tal vez eso sea todo.

 

¿Cómo se piensa?

Se piensa en silencio y oscuridad
o en una escalera transitada como los pasillos de un cementerio:
a veces y con pesar.

Se piensa a menudo y en soledad
o en el dintel de una altiva catedral visitada por los viejos:
cabizbajo junto a palabras de sagrada eternidad.

Añoranzas de París

“Que París exista y alguien pueda elegir otra ciudad para vivir, siempre será un misterio para mi”

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Al fin, luego de nosécuántas recomendaciones y varios intentos fracasados (siempre me quedo dormida), pude ver la película Medianoche en París. Es difícil decir algo contrario a “me encantó”. Claro, las razones pueden parecer obvias: la Belle Epoque, los años veinte, el estilo, la elegancia, el arte que se respira, la vanguardia danzando con la belleza al suave son de las trompetas. ¿Qué se le puede pedir a París que ésta noble ciudad no ofrezca?

 

El mío es un amor muy romántico, lo sé.  Pero una vez que se pasa un tiempo adecuado ahí uno descubre que, como todo en la vida, París no es solo la ciudad de las luces, sino también de las sombras. No obstante, cuando se ama de verdad, todo lo malo no es sino parte complementaria de lo bueno, ese todo se vuelve único e irreemplazable.

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No es difícil estar en París y dejarse llevar por la nostalgia, nostalgia de todo, de lo real y de lo ficticio, de lo bueno y de lo malo. Pienso en los meses que pasé en París como un paréntesis, como un regalo de los dioses, como una invitación de Wilde a besar su tumba. Cada loco con su tema, pero yo me sentí totalmente abrazada por París en cada paso que di por esa ciudad. Por otra parte, también hubo una época en que sentí que París no me amaba como yo pensaba, el romance comenzaba a deteriorarse. Los primeros meses siempre son idílicos, luego uno comienza a conocerse y las cosas cambian. París y yo no supimos manejarlo. Tuve que alejarme. Sin embargo, cabe consignar que no estamos en malos términos, siempre deseamos volver a vernos. Solo que a veces hay que saber ponerle fin a la historia antes de que uno de los dos termine  muy mal.

Hoy, mientras doy un paseo matutino por esta ruidosa ciudad, que no es París, por cierto, miro la cúpula de una iglesia cuyo nombre desconozco y pienso en los versos de Jorge Teillier ¿Por qué estoy en un lugar / que no me dice nada? Tal como él no encuentro una respuesta. Son esas preguntas que uno le hace al viento, preguntas retóricas que solo con el paso del tiempo se hallarán respondidas, quizás por consuelo, quizás por resignación. Las respuestas nunca llegan certeras, jamás hallaremos la verdad, por tanto hay que inventar una. La verdad que me invento hoy, en esta ciudad que no me dice nada, es que el pasado fue hermoso, pero no fue lo mejor. Lo mejor siempre está por venir. París fue y será hermosa. Yo fui y seré feliz.

Luego de semejante reflexión decido que es tiempo de regresar a casa. Hace días que tengo ganas de fumar mientras leo, mientras escribo. Pero no son ganas genuinas, son ganas contagiadas, alguien (a quien quiero mucho) decretó que pronto me convertiría en fumadora. Tal debe ser el poder de ese ser humano sobre mí, que hace días camino por las calles con un cigarro en la mente. Pero no he comprado ninguno, así que mejor me voy a casa, termino las lecturas que tengo pendientes acompañada del siempre dulce amargor de la copa de vino y espero con la certeza de que París es solo una de las tantas puertas que he de atravesar para llegar al punto donde pueda suspirar con tranquilidad, pues nada me ha faltado por vivir.

Y lo que falte siempre será menor que lo que hay.

Vala

Tanto camino recorrido que hasta las huellas se plasmaban cansadas en la arena, pues de vagabunda la felicidad no abunda.

Hasta ahí había hecho y rehecho tantos trayectos que me iba quedando sin opciones. Entonces caminar se volvió similar a escribir: concebir una idea, plasmarla y comenzar a editar. Copiar, pegar, borrar párrafos, cambiar palabras. Daba un paso, retrocedía, borraba huellas, las modificaba.

Escribía mal.

Caminaba peor.

Pero el universo no estaba al revés ni había conspirado en mi contra.

Era yo quien lo hacía mal.

Titubear fue el gran error. Caminar el trecho de la duda resulta más peligroso que escribir la página del sinsabor.

Pues si vas a caminar, camina erguido. Si vas a escribir, escribe con amor. Si  vas a equivocarte, equivócate con gracia. Si no, ni siquiera te molestes.

Mi último deseo

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Si me dieras la oportunidad de contarte al oído mi último deseo, entonces, lo versaría como sigue.

Deseo que tomes las riendas de tu vida. Que te levantes por las mañanas, te veas al espejo y sientas que estás lindo, que siempre has sido lindo. Quiero que prepares tu café con mucho amor por las mañanas y que te lo tomes sintiendo que vale la pena hacer cosas por amor propio, aunque parezcan éstas pequeñas. Quiero que pases un día sin sentirte pequeñito, sin autocompadecerte. Quiero que descubras lo bello que eres y que recuperes esas alas que te cortaron desde niño. Deseo que el mundo te conceda la dicha de experimentar en carne propia y no a través de palabras ajenas. Que veas el mundo por tus ojos y no por los de otros. Quiero que desde hoy empieces a ganar, que no te des por vencido y que enarboles la bandera de la victoria mientras entonas el mejor canto al éxito.

Y si te queda algo de tiempo después de todo eso, deseo que me odies, por favor. Ódiame por cobarde sin remedio. Sí, eso quiero, que detestes en el fondo de tu alma la cobardía que me atavía todas las noches que no me atrevo a amarte.

Y si después de eso aún queda algo, entonces compadécete de este pobre corazón que no hará más nada que añorar tus besos por lo que le reste de conciencia.

Solo hoy sé que después del amor no hay nada. Ni siquiera palabras que valgan. Ya ni lágrimas me quedan; y eso que no he derramado ni una sola. Debe ser porque el corazón se me secó de inmediato cuando te vi desde la ventana del taxi. Avanzaba ya sin ti. Avanzaba, en realidad, ya sin mí.

Lunes

Cada día no es domingo, lo sé
y mi calendario me lo aclara:
este cuatro de mayo no está de rojo
está de negro
y vaya cómo se siente esa oscuridad en el alma
esa tristeza lunar de cada lunes
ideal para mirar por la ventana y pensar:
¿No es acaso hecatombe una palabra maravillosa?

Para abajo

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Me he ido acostumbrando a escribir para abajo.
Pero no necesariamente escribo poesía.

Pocas cosas en el mundo pueden hacerte temblar como un poema.
Pocas cosas en el mundo pueden conectarte con tal fuerza a las palabras.
Y eso es lo que me ha convertido en adicta.

No escribo manjares para  los dioses
Pero me sincero en cada línea.
Eso es todo lo que quiero
Si no he venido a ser feliz, entonces he estado perdiendo mi tiempo.

No quiero ser la competencia de nadie.
No quiero que mis versos sean tan bellos como los de Escandar Algeet.
Tan solo quiero desahogar el deseo.

No necesariamente escribo poesía
Pero me es imperativo intentarlo para sentirme viva.

Tus siete calles y yo

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Las siete calles por las que transita tu silueta oscura
me las sé
me las he sabido siempre, de memoria o de corazón

Muchas veces desvarío y no sé lo que escribo
así que no me lo preguntes
no indagues sobre el cómo
y que el por qué no robe tu atención

Solo ten esto en mente:
las siete calles por las que transita tu vida me las sé
de memoria y de corazón
como me sé tus ojos negros
y tus manos de dedos curiosos

Tu vida me la sé antes de que me la cuentes
y tu alma me cobija antes de encontrarme en tu beso de bienvenida
y en el abrazo que no me das cuando me voy

No te preocupes no te lo estoy pidiendo
te siento abrazarme en el  mundo paralelo donde –ya sabes
ese lugar en el que se refugian los anhelos

No me abraces
no me beses de despedida
tan solo invítame a transitar las siete calles de tu vida
y a colorear con amor tu silueta anochecida.

París se olvidó de mí

París se olvidó de mí
pero no la gente
París no me reconoce en las calles
pero sí la gente
Voy descendiendo por Menilmontant
y no me reconozco en París
no me reconozco en las calles
pero sé que hay un vívido reflejo de mi esencia
en los ojos de la gente
están felices de haber tocado sus vidas con la mía
bello es que nuestros caminos se entrecruzaran en algún punto
que estemos hoy intercambiando miradas de agradecimiento
bajo el pálido cielo de París
que se olvidó de mí
pero sigue amándome