La cuarentena de bebé brígida

Rafael llegó a casa en mayo. Para ese entonces la cuarentena ya estaba cargada de ánimos confusamente deprimidos. El papá de bebé brígida se levantaba muy temprano a preparar el desayuno para toda la familia, la única merienda que jamás fallaba y la única dispuesta con real empeño. Bebé brígida tomó la noticia de la llegada de Rafael sin emociones claras y fingió cierto entusiasmo por verlo, pues sentía que era bueno volver a estar con él, pero no sabía bien en qué se iba a tornar todo.

En esa casa el día entero pasaba entre la soledad y el silencio. Rafael salvaba las cenas y con eso instauraba las conversaciones en la mesa, de ese modo el papá ya no tenía que subir el volumen de la tele para evitar ver las caras de bebé brígida y su madre y, a la vez, bebé brígida dejaba de oír los números de muertos que ya había oído a mediodía porque el papá los revisaba constantemente. Hoy es posible afirmar que Rafael tiene eso de bueno: inspira cierta confianza y hace posible el contarle cosas porque practica la escucha atenta con genuino interés.

Las primeras semanas fueron complejas, hubo días, especialmente los domingos, en que como única compañía se sentía el ruido de cuatro cucharas revolviendo el té para disolver el azúcar. La felicidad de los domingos es tan falsa que no alcanza para ser celebrada. Bebé brígida nunca le ha creído a los domingos.

La monotonía era parte de la rutina familiar y el aporte de Bebé brígida era contar siempre la misma pena. Rafael un día ha de haber colapsado ante la repetición puesto que le aconsejó que dejara de pensarlo todo y se olvidara de una vez. Ella argumentó que estaba cansada. Él aseveró: “yo también estoy cansado de esta pesadilla”. Alertada por esas palabras, Bebé brígida huyó ni bien las escuchó: no esperaba encontrarse a Rafael en bajón también. Temió que finalmente lo hubieran arrastrado a la depresión y hubieran terminado por quebrar su espíritu. Ella, melancólica y cabreada, no estaba lista para lidiar con eso.

Entre tantas conversaciones con la náusea tatuada en el estómago, una tarde Rafael dijo que el número tres era perfecto tanto para la vida como para los juegos, porque el veedor puede agregar emoción como una especie de arbitro. “Tesis, antítesis síntesis”, agregó y bebé brígida pensó que ese un era muy barato argumento. A la vez bebé brígida, pensaba que en realidad el cuatro es el número perfecto porque lo armoniza todo: cuando Rafael llegó completó a la familia y ya no hubo más días vacíos habitados sólo por números de muertos.

Con la perspectiva de los pocos meses transcurridos, bebé brígida no imagina la cuarentena sin Rafael, francamente piensa que habrían colapsado sin él. El papá se atormentaba a diario con el número de muertos y Rafael lo sacó de ahí con historias, anécdotas y recuerdos de gente a la que tenían en común. Se les veía contentos juntos. La mamá miraba su teléfono y luego levantaba la vista enfocando a su familia sólo para decirles: ya me voy a dormir, chao. Las poquitas horas que estaba en casa las pasaba con su mejor aliado: el celular. Ella decía que en el hospital se pasaba rápido el día y que se sentía muy asfixiada en su denso traje compuesto por ropa, doble mascarilla y buzo impermeable. El primer mes la mamá le dijo al papá que guardaran distancia y el papá se fue al piso de arriba para evitar contagios. Esto a raíz de que en el hospital le habían tomado el examen y salió positivo. Guardó ese secreto celosamente aunque éste se hacía evidente por la distancia entre papá y mamá. Bebé brígida tenía una imponderable inclinación por la muerte así que cada vez que podía bebía de la taza de su madre para acabar con ese delirio llamado vida. Pero nunca obtuvo resultados positivos. Rafael un día quiso agrandar las confianzas y pidió a bebé brígida beber de su copa de vino y ella accedió, mientras pensaba que él sería el único que moriría y ella no sabría cómo explicarle a su madre el deceso. Luego de un tiempo cargando con la triste noticia de haber dado positivo al examen, la mamá se volvió muy desconfiada sobre la veracidad de dichos resultados y, tras una jornada de ardua jardinería y aislamiento, volvió al hospital y descubrió que había cosas extrañas sucediendo: a cualquiera le hacían pasar por COVID, vivo o muerto, síntomas o no síntomas. Así que concluyó que nunca había tenido COVID y que si alguna vez lo tuvo fue hace dos años cuando realmente casi murió de una infección pulmonar.

Luego de eso papá volvió a su cuarto. Y la vida pareció comenzar a retomar el ritmo pausado por la tendencia personal de cada cual a la tragedia que no cesa de avanzar pero jamás alcanza el climax. Aunque el punto máximo de la depresión fue cuando pensaron que mamá tenía COVID. Nadie hablaba y sólo sonaban las cucharas revolviendo el fondo de una profunda taza de tristeza. Rafael un día rompió el silencio y les invitó a jugar: recibió tres rotundos no. Ese mismo día Rafael le preguntó a bebé brígida qué hacían los domingos antes de su llegada y ella respondió con inusitada seguridad: esto. Es decir, nada.

Dos meses antes de que Rafael llegara a casa, bebé brigida tuvo un sueño en el que se veía haciendo alfarería en un jardín hermoso. Se lo contó al terapeuta y él le recomendó hacer el sueño realidad. En el mes de junio Rafael les propuso hacer cerámica. Fue su única estudiante y su vida cambió un poco. El primer día de clases se atavió de elegancia y se sentía hermosa, como rindiendo un homenaje al sueño vuelto realidad. Oler la tierra, amasar, estar debajo de los árboles, ensuciar la ropa, todo le daba una sensación de que así quería vivir para siempre. Por esos días también soñó con un lugar muy grande en el que estaba haciendo masitas con su prima mientras pensaba para tomar la decisión de irse en bicicleta, en caballo blanco o en trufi. Al parecer decidió irse en el trufi, pero no lo tiene muy claro. Cinco meses después terminó trabajando con su prima con la cual no había hablado hace un año. Hoy, un primero de noviembre, se encuentra dictando esta crónica en vez de estar preparando las masitas con su prima y aún tratando de decidir si tomar el caballo blanco, la bici o el trufi. Esta es una decisión que, al parecer, aún no puede tomar porque ha de descubrir primero qué significan esos símbolos.

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¿Se habrá acabado la cuarentena ya? La eternidad de ciertas cosas en ocasiones es insoportable. Tal vez a eso se deba el hecho de que sólo quien es jugado por el juego puede triunfar. Nada hay más serio que el juego.

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Lo cierto es que Rafa ya no está. Se fue hace seis días convertido en el papi príncipe que salvó a una familia entera del silencio y la autodestrucción y habiendo hecho jugar a varias personas con sus ideas, su voluntad y sus palabras.

Doscientos cuarenta y tres

Temo que algún día, llegada la vejez, contemple el pasado y descubra que mi vida se resume en una anécdota.

¡Qué sencillez tan abrumadora para un alma tan vanidosa!

La noche se transforma en grandes cuernos que me persiguen para arrancarme el aliento y la vejez se transforma en un sueño. La anécdota se desvanece. Respiro para vencer los miedos, ser más grande que el ego, volar sin noches cornudas, sin mañana.

Doscientos treinta y nueve

Tengo que alejarme cuanto antes 
debo limpiarme
           renovarme
Al igual que Sabines
      me receto abstinencia
                          tiempo
                          soledad
Ya me habían advertido
sobre la dificultad de acariciar
la belleza de un ángel
Hoy frente a mi tristeza lo compruebo
Es definitivo, necesito alejarme
no me tocó la bendición.