Vida

Ayer precisábamos de un implemento que sirviera para bautizar a Jesús. No, no se ha concretado la segunda venida, sólo se trataba de una dramatización del bautismo de Jesús a manos de Juan como lo relata Mateo en el evangelio que se le atribuye. El caso es que una chica dijo que se haría cargo del asunto y pronto llegó con una flor arrancada de su hogar. Me sentí inmediatamente culpable y pedí que trajeran un recipiente con agua en el cual dejar descansar a la flor. La gente me dijo que no era necesario, que ella moriría igual, y yo les dije que en tal caso quería que tuviera una muerte menos atroz. A muchos mi actitud les pareció exagerada e innecesaria, pero no puedo obviar la vida detrás de la apariencia inerte de la flor.

Hace años mi profesor de inglés llegó a la sala de clases con una flor medio muerta en la mano. Nos contó que al subir al metro la encontró en un asiento y decidió llevarla al salón para ponerla en un recipiente con agua porque no podía dejar a un ser viviente morir con tamaña desolación. Por esos años me pareció tierno pero exagerado. No hay nadie más egoísta que un adolescente, le escuché decir a un poeta hace unos días. Y vaya que cierta es esa frase. Yo, por entonces, adolescente, muy preocupada de mi propia existencia no hallé mayor relevancia en el gesto de mi profe. Ahora, es cuando he ganado perspectiva y puedo dejar de lado mi vanidad para legarle mis respetos a la flor que arrancamos para bautizar a Jesús. Podríamos haber utilizado cualquier cosa y dejar a esa flor continuar con su existencia hasta que la naturaleza de su vida fuera desplazada por la muerte natural. Pero no fue así. Fue arrancada y me siento responsable. Le debemos respeto a la vida y no tan sólo a la humana.