El globo rojo

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Fui a un sitio muy especial. No sé qué hice en ese lugar, pero tengo absolutamente claro que todo lo que allí realicé forjó en mí una profunda saciedad y un gran sentido de felicidad. Reconozco en mi alma un cambio absoluto como si de pronto hubiese tocado el origen, el fundamento mismo de la poesía y la belleza. Todo esto no lo aprecié sino hasta el final del último suceso que significó el reconocimiento máximo del sentido de la vida.

Cuando salí de ese lugar llevaba en mis manos un globo rojo al que yo cuidaba con especial atención pues no deseaba dañarlo siquiera con el roce de una mirada mal dirigida. En el interior de ese globo rojo se gestaba mi tesoro, aquello que había conseguido en dicho lugar; lo que me había sido concedido por las fuerzas divinas para abrir puente hacia la concreción de la felicidad. Pude ver cómo dentro de ese globo flotaba vida, forma, amor, esencia, alma. Pude sentir cómo se desarrollaba una personalidad, cómo se forjaba talante, carácter; pude amar sin tocar, sin ver, sin necesitar saber siquiera si era correspondida.

Al llegar a casa seguía adormecida por una paz interior que era más profunda que las simientes de la tierra y estaba en insondable paz con el mundo, es decir, conmigo misma. Mi estómago estaba inflado como un globo rojo, en él había criaturas comprando entrada para ver el espectáculo de la vida desde afuera, siendo protagonistas del hecho más espectacular que imaginarse pueda. Mi madre estaba esperándome en el hogar, nuestro hogar de paredes blancas y muebles color crema. Al fondo de la pieza había una camilla, dos enfermeras y un médico. Ninguno de ellos tenía cabeza, al menos yo no pude verla. Pero vi sus cuerpos. El médico era un hombre muy corpulento, robusto, poseía unas manos enormes y fuertes. Las enfermeras eran dulces, sabias y fuertes. Había entre todos nosotros un equilibrio sobrenatural, una armonía sobrecogedora que provenía del amor. Mi madre, como siempre, irradiaba felicidad, y estaba realmente inflada de dicha y orgullo, como si hubiésemos empezado un nuevo rumbo.

De pronto comencé a sentirme extraña. Desde mi entrepierna empezó a caer un líquido suave y tranquilizante que cubría la piel de mis piernas como trazando un camino de suavidad hacia el mundo nuevo que se abre cada vez que suenan las campanas de la vida. Las personas que estaban junto a mí me subieron a la camilla porque yo no tenía fuerzas para hacerlo sola, estaba cansada como realizando un trabajo que acaparaba todas mis fuerzas, comencé a sudar y sentía la obligación de conectar mis energías desde el centro de mi ser, desde el fondo de mi alma para realizar un esfuerzo del que no tenía antecedente. Sentí miedo porque pensé que me abrumaría un dolor que no había sentido nunca antes, me aferré a los brazos que me rodeaban para ayudarme a pasar de ese trago de dolor. El médico comenzó a decirme que pujara, que pujara con todas mis fuerzas, que sólo necesitaría tres esfuerzos y todo cambiaría par siempre. Me sentía como si estuviera flotando en una cama de agua. Comencé a pujar, uní las fuerzas de mi alma con la de mi cuerpo, apreté todos mis músculos y realicé el más grande esfuerzo de mi vida. No hubo dolor la primera vez, tampoco la segunda. Puja, puja una última vez, me gritó el médico y yo estaba asombrada por tanta maravilla, por tanta calma, por la ausencia de dolor. Entonces, pujé una última vez y el médico se mostró feliz, dichoso, como si a través de mí cumpliese su propio sueño. Entonces, la alegría era compartida, todos en la sala habíamos dado a luz algo maravilloso. Miré hacia mis pies, cortaban el cordón que me había unido por tantos meses a mi descendencia. No podía con la dicha. En este punto me quedo sin palabras y es por esto que no puedo explicar lo que sentí, no encuentro forma de contarles lo que sucede en ese momento, lo que pasa por la cabeza al presenciar tamaño milagro. La enfermera me miró a los ojos, leyó en mí aquel sentimiento inefable que me habitaba y se acercó a mí con dos de mis retoños. La otra enfermera hizo lo mismo con el tercero y de pronto tenía yo en el pecho, entre mis brazos a mis tres preciosuras, pequeñas, indefensas, dispuestas a recibir mi amor. Poblaron mi pecho, el lugar donde se forjan todos mis afectos, ahora y para siempre ese lugar era para ellos, se convertiría en el pequeño santuario donde le rindo tributo al milagro de la vida. Todo en esa sala era amor, mi casa presenciaba el más bello espectáculo que he protagonizado en la vida y estaba rodeada de gente que compartía mi felicidad, que recibía a mis retoños con el mismo amor que yo. Todo había cambiado para siempre, mi globo rojo se reventó pero no se destruyó, se trasformó en algo más bello y ahora conforma lo más anhelado de mi vida: un hogar.

Doscientos cuarenta y tres

Temo que algún día, llegada la vejez, contemple el pasado y descubra que mi vida se resume en una anécdota.

¡Qué sencillez tan abrumadora para un alma tan vanidosa!

La noche se transforma en grandes cuernos que me persiguen para arrancarme el aliento y la vejez se transforma en un sueño. La anécdota se desvanece. Respiro para vencer los miedos, ser más grande que el ego, volar sin noches cornudas, sin mañana.

Doscientos treinta y nueve

Tengo que alejarme cuanto antes 
debo limpiarme
           renovarme
Al igual que Sabines
      me receto abstinencia
                          tiempo
                          soledad
Ya me habían advertido
sobre la dificultad de acariciar
la belleza de un ángel
Hoy frente a mi tristeza lo compruebo
Es definitivo, necesito alejarme
no me tocó la bendición.