Doscientos veintiuno

De haber sabido cuánto dolías
cuánto envenenabas el alma
te habría cerrado la puerta
después, despuecito de haberte visto
porque en ese mismo momento
leí en tu silueta la desgracia
y vi en tus ojos la lascivia.

Tuve en tus manos mi corazón y lo arrojé,
mis lágrimas no son a tu causa, sino a la mía.