Doscientos cinco

He protagonizado la historia de una vida en la cama,
ojos cerrados, sueño profundo.
Mientras al amanecer unos están locos por cinco minutos más,
yo agradecería un segundo menos.

Abandonar mi lecho, mi cárcel
Liberarme de la cadena perpetua y salir,
pasear con los ojos abiertos,
sentir la caricia del sol de mediodía,
contemplar su roja despedida.

Quisiera, y esta es mi última petición, gran juez,
saber cómo se vive en el mundo 
de los que casi no duermen ni sueñan,
pero viven.

Ayúdeme,
se lo ruego.

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