Doscientos cinco

He protagonizado la historia de una vida en la cama,
ojos cerrados, sueño profundo.
Mientras al amanecer unos están locos por cinco minutos más,
yo agradecería un segundo menos.

Abandonar mi lecho, mi cárcel
Liberarme de la cadena perpetua y salir,
pasear con los ojos abiertos,
sentir la caricia del sol de mediodía,
contemplar su roja despedida.

Quisiera, y esta es mi última petición, gran juez,
saber cómo se vive en el mundo 
de los que casi no duermen ni sueñan,
pero viven.

Ayúdeme,
se lo ruego.

1014071_10156701223445635_5042410210216988938_n

Viñeta de Mala imagen: malaimagen.blogspot.com/

– Y AHORA CON USTEDES
Nuestro Señor Jesucristo en persona
que después de 1977 años de religioso silencio
ha accedido gentilmente
a concurrir a nuestro programa gigante de Semana Santa
para hacer las delicias de grandes y chicos
con sus ocurrencias sabias y oportunas
N. S. J. no necesita presentación
es conocido en el mundo entero
baste recordar su gloriosa muerte en la cruz
seguida de una resurrección no menos
espectacular:
un aplauso para N. S. J.

 

Me parece que esta es una gran ocasión para recordar esta pieza de Nicanor Parra de sus Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (Santiago, Ganymedes, 1979).
Con la picardía y la ironía de siempre nuestro señor antipoeta tampoco necesita mayor presentación.

Doscientos cuatro

Extraño los besos furtivos en las calles de Belleville
Las botellas de vino a la orilla del río
Los bailes en Ménilmontant
Rodar en patines bajo el Arco
Pero ante todo 
extraño los ojos de té
tu abrazo amanecido
tu beso de desayuno
y París de testigo

Las rayas que obsesionan al caminante amateur

Hoy caminaba de regreso a casa por la tranquila ciudad que aguarda sin malicia la resurrección de su salvador entre huevos y flores. Había una estupenda temperatura y un cielo cubierto de nubes negras que de seguro no llorarán sobre nuestras cabezas esta noche. La vereda era testigo de una particular danza de plásticos y hojas caídas de los árboles. Sí, lamentablemente mi ciudad no es muy limpia y la basura con los peatones y las hojas compartimos el camino sin mayor recelo.

De pronto veo a un chico caminando en la misma vereda que yo pero en la dirección contraria. Comienzo a observarlo pues su andar era extraño, parecía que pensaba muy bien antes de dar cada paso. Al cabo de unos segundos pude descubrir que estaba inmerso en la tarea de no pisar las rayas de la vereda: claro, si pisaba una seguro perdía la vida al instante. Al acercarnos más, levantó el rostro y me miró, pero no le importó que yo lo viera escapando a la terrible casualidad de pisar una raya, de inmediato volvió a bajar la mirada y siguió empecinado en su tarea.

Cuando pasó de mí, comencé a preguntarme hace cuánto tiempo que mi marcha por las calles no estaba regida por el terrible infortunio de pisar una raya del piso. Es que todas contaban, incluso las de la casa de mamá y papá, las de la escuela, las de los amigos, todas eran capaces de traer tremendas calamidades… sólo una vez que me vi muy ocupada creciendo, pude olvidarme de la existencia de las rayas mortales.

Eso me recuerda que yo no quería ser mayor.
Pero me tocó.

Yo no quería terminar arrastrando hordas de preocupaciones insanas a mis espaldas.
Pero me tocó.

Yo prefería quedarme con las rayas que obsesionan al caminante amateur.
Pero me abandonaron.

Doscientos

Tengo que reconectarme,
estoy muy fría para escribir
y sólo pienso en frases sueltas
y mi lápiz no escribe 
mas dibuja solitarios cubitos de hielo.
La tinta de mi lápiz se ha vuelto sólida 
y mi corazón un gas.
Necesito reconectarme, calentarme
y volverme líquido para volver a fluir.