La sicoloca

Presumo tener dotes de psicóloga, escucho a todo mundo en silencio y solo asiento cuando la ocasión lo amerita. Como toda buena psicóloga, lo mío no son los consejos ni la solución para la vida de nadie: tómate tal pastilla, intenta tal ejercicio, di tal cosa, piensa lo otro. Todas son fórmulas inventadas, preconcebidas, uno las dice por si acaso. En caso de que alguna funcione el interlocutor será feliz y te considerará buena en la materia. Todos ganamos.

Al final del día lo que la gente quiere es ser escuchada, la sanación llega sola una vez que se deja la sensación abrumadora de cargar sobre los hombros con toda la pena del mundo. Por esa razón yo escucho a la gente. Por otro lado, si a eso le sumamos que no cobro nada, entonces, tenemos que la gente se siente en las nubes, olvida que está comprando un servicio y cree que está en una reunión de fraternidad, en una sesión de desahogo con la madre o con la mejor amiga. Eso me reconforta también a mí en lo personal.

El problema es que a mí nadie me escucha. Hace poco me separé del que iba a ser el padre de mis hijos y me mudé a esta nueva casa. La gente que viene cree que no tengo muebles para hacer el ambiente más amigable y menos amenazante, juran que es una estrategia, pero no. Lo cierto es que no tengo dinero para costear muebles, ni puedo hallar por las mañanas el ánimo para salir a buscar trabajo. Por consiguiente: me dedico a esto para no estar sola, para pasar, como quien dice, del día a la noche sin tanta infamia.

No tengo diván para atender a mis interlocutores, pero eso no impide que se lleve a cabo el acto de oír. No tengo ya a mi Iván, ese hombrecillo que evitaba que echara en falta los muebles, ese hombrecillo que tampoco tenía trabajo pero le daba sustento a esta vida.

Si alguien viniera a esta casa vacía y me escuchara, sólo tendría que decir: Me siento en este diván imaginario para sacar la tristeza que atavía mi alma desde la mañana en que Iván, habiendo conocido a la diva de la noche, decidió decirme adiós. Solo treinta segundos bastarían.

Desconcierto

Ansío, añoro escribir, mas no sé cómo hacerlo. Estoy desconcertada por la incertidumbre de no saber qué hacer, cómo actuar frente a las letras, a las imágenes que me asaltan de cuando en vez. Necesito regresar a la certeza pronto, pero no consigo descubrir el camino de salvación.

Además, es verano. En verano no suelo escribir mucho. Existen varias razones para esta sequía de letras, pero la principal es que no puedo con el calor. No es fácil levantarse acalorada y acostarse sufriendo el mismo mal, al menos no para alguien como yo. Por eso en verano me quedo quieta frente a la locura estival que embarga a mis compatriotas y me envuelvo en un manto paciencia para aguardar el nuevo arribo de nubes, frío y viento. O, como le escribí a un amigo hace unos días, me la paso rogando: “trágame tierra y suéltame en Alaska”… o en algún bar donde pueda tomarme una cerveza muy helada sin música y locura veraniega.

Lo bueno es que la sequía terminará algún día y esa esperanza me mantiene en vilo. El desierto florece cada año en este país, cómo no voy a florecer yo…