Añoranzas de París

“Que París exista y alguien pueda elegir otra ciudad para vivir, siempre será un misterio para mi”

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Al fin, luego de nosécuántas recomendaciones y varios intentos fracasados (siempre me quedo dormida), pude ver la película Medianoche en París. Es difícil decir algo contrario a “me encantó”. Claro, las razones pueden parecer obvias: la Belle Epoque, los años veinte, el estilo, la elegancia, el arte que se respira, la vanguardia danzando con la belleza al suave son de las trompetas. ¿Qué se le puede pedir a París que ésta noble ciudad no ofrezca?

 

El mío es un amor muy romántico, lo sé.  Pero una vez que se pasa un tiempo adecuado ahí uno descubre que, como todo en la vida, París no es solo la ciudad de las luces, sino también de las sombras. No obstante, cuando se ama de verdad, todo lo malo no es sino parte complementaria de lo bueno, ese todo se vuelve único e irreemplazable.

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No es difícil estar en París y dejarse llevar por la nostalgia, nostalgia de todo, de lo real y de lo ficticio, de lo bueno y de lo malo. Pienso en los meses que pasé en París como un paréntesis, como un regalo de los dioses, como una invitación de Wilde a besar su tumba. Cada loco con su tema, pero yo me sentí totalmente abrazada por París en cada paso que di por esa ciudad. Por otra parte, también hubo una época en que sentí que París no me amaba como yo pensaba, el romance comenzaba a deteriorarse. Los primeros meses siempre son idílicos, luego uno comienza a conocerse y las cosas cambian. París y yo no supimos manejarlo. Tuve que alejarme. Sin embargo, cabe consignar que no estamos en malos términos, siempre deseamos volver a vernos. Solo que a veces hay que saber ponerle fin a la historia antes de que uno de los dos termine  muy mal.

Hoy, mientras doy un paseo matutino por esta ruidosa ciudad, que no es París, por cierto, miro la cúpula de una iglesia cuyo nombre desconozco y pienso en los versos de Jorge Teillier ¿Por qué estoy en un lugar / que no me dice nada? Tal como él no encuentro una respuesta. Son esas preguntas que uno le hace al viento, preguntas retóricas que solo con el paso del tiempo se hallarán respondidas, quizás por consuelo, quizás por resignación. Las respuestas nunca llegan certeras, jamás hallaremos la verdad, por tanto hay que inventar una. La verdad que me invento hoy, en esta ciudad que no me dice nada, es que el pasado fue hermoso, pero no fue lo mejor. Lo mejor siempre está por venir. París fue y será hermosa. Yo fui y seré feliz.

Luego de semejante reflexión decido que es tiempo de regresar a casa. Hace días que tengo ganas de fumar mientras leo, mientras escribo. Pero no son ganas genuinas, son ganas contagiadas, alguien (a quien quiero mucho) decretó que pronto me convertiría en fumadora. Tal debe ser el poder de ese ser humano sobre mí, que hace días camino por las calles con un cigarro en la mente. Pero no he comprado ninguno, así que mejor me voy a casa, termino las lecturas que tengo pendientes acompañada del siempre dulce amargor de la copa de vino y espero con la certeza de que París es solo una de las tantas puertas que he de atravesar para llegar al punto donde pueda suspirar con tranquilidad, pues nada me ha faltado por vivir.

Y lo que falte siempre será menor que lo que hay.

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