Ochenta y siete

Cada noche le leía
“La sonrisa de Augusto”,
un cuento que escribí hace años.
Al terminar la lectura él me preguntaba
si Augusto era un hombre de mi pasado;
yo le decía que solo era ficción
y él me preguntaba atónito cómo es que una sonrisa tan dulce
capaz de conmover a un poeta
adorna el rostro de un hombre con semejante nombre

La vida se complace en presentarnos la belleza en las más terribles contradicciones, decía yo finalmente, cerrando el libro junto a los recuerdos de aquella sonrisa contradictoria que me cautivó hace años. La naturaleza es extraña, pero no ilusa. 

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