Setenta y dos

Emprendimiento es la palabra de moda que odio por estos días. Es que el Estado hoy pisotea más fuerte que nunca, y más encima nos hace creer que todo depende de nosotros.

Sin embargo, me gusta emprender: nuevos viajes, caminos y aventuras.

Ay! Estoy parada en el extremo donde este sistema me hace odiar mis propios conceptos benditos.

La dualidad que todo domina
El bien y el mal

Setenta y uno

Cada vez que planto una semilla
planto también un sueño

Cada vez que germina la semilla
se cumple un sueño

Cada vez que cumplo un sueño
mi corazón palpita al ritmo de la felicidad
mis labios prueban la dulzura,
el manjar de concretar un anhelo.

Sesenta y nueve

Me encantan los comienzos
también los finales
pues creo en los ciclos
Sin embargo
hay algo especial en los comienzos
esa esperanza
esas ansias
esa belleza
esa revolución de sentimientos
Comenzar algo
Es lo más similar a vivir que he experimentado

Hasta que te conocí

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 Certeza de encontrar algo mejor
solo eso
algo mejor

Cuando lo conocí, o cuando empezamos a tocar temas que ayudan a conocer a la gente, me dijo que soñaba con una casa en el campo, un perro y muchos libros. No le creí, porque en el fondo sabía que me estaba queriendo confesar su desesperación por encontrar su lugar en el mundo, su lugar con alguien en el mundo. Claro, le hubiese gustado que fuera yo. Pero sabía perfectamente que no sería yo. Si me permiten confesar: hubiese querido ser yo quien acurruque sus miedos cada noche, pero no quiero que sea él quien cargue con mis inseguridades cada día. Lo bueno es que desde ese momento, desde esa tarde de cerveza en el campo, nos quedamos prendados el uno del otro. Y no es algo común y romántico, es que en el fondo ambos estamos quebrados, venimos con una falla de fábrica y nadie ha podido repararnos. Quizás cuando nos vimos la primera vez identificamos nuestras debilidades y quisimos unirlas para sanar un poco, para dejar de victimizarnos en la vida. Entonces, nos tomamos de las manos, recorrimos en secreto muchos recovecos de la ciudad y nos adentramos en los más oscuros callejones de nuestra existencia. Fuimos víctimas de ese diálogo en el que te sumerges y ya no regresas igual, te transforma, te redime. Entonces te encierras en en el dulce amargor de la pena vuelta catarsis. Ya no te importa su sexo, ya no te preocupas por sus defectos, lo quieres a tu lado porque te renueva el alma… y eso, amigos míos, si aún no lo han vivido, no lo podrán asimilar, pues cuando naces con una alita rota, deambulas por el mundo sin más que esperanza abrigada en los bolsillos mientras en mundo te patea con su felicidad casi evidente. Cuando eres desgraciado, todo a tu alrededor te parece mejor y vagas con la espina de la alegría ajena que jamás roza tu vida. Hasta que llega él, que no es más feliz que tú y que comprende de qué hablas cuando dices que estás cansada de soñar, que ya no te quedan cumpleaños porque hace tiempo que reconociste que no celebras un año más de vida sino uno menos. Todo esto ha sido solo un preámbulo, una cuenta regresiva para lo único que no es ilusión: la muerte. Y él lo sabe, lo siente. En ese momento, soltar su mano sería el único crimen. No querer verlo sonreír, sería la única forma de negarte a ver tu sonrisa proyectada. No conmoverse cuando te dice que odia a los niños, pero amaría ser el padre de tus hijos, es rayar en la locura.

*

Quisiera simplemente saber que he vivido para combinar las cinco letras de mi nombre, LAURA, con los cinco sueños de mi vida: felicidad, virtud, amor, maternidad y reivindicación. Quisiera saber que he vivido para aprender a conjugar verbos esquivos, como: abrazar, besar, acariciar, añorar, acompañar. Saber que reír y llorar no son opuestos, son complementarios.

En definitiva, quiero seguir viva. No sé a qué más podría aspirar. Si he llegado hasta aquí, no tendría a bien rendirme ahora.

Claro, esto último, solo lo pude escribir, hasta que te conocí.

Sesenta y ocho

Ha sido un largo peregrinar
un andar sin rumbo fijo
una errante existencia es la que he llevado
por pura certeza de encontrar algo mejor
y si en algún momento
en algún lugar del trayecto
tropiezo con alguien
y ese alguien me pregunta qué persigo
la respuesta es clara
felicidad

Mi último deseo

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Si me dieras la oportunidad de contarte al oído mi último deseo, entonces, lo versaría como sigue.

Deseo que tomes las riendas de tu vida. Que te levantes por las mañanas, te veas al espejo y sientas que estás lindo, que siempre has sido lindo. Quiero que prepares tu café con mucho amor por las mañanas y que te lo tomes sintiendo que vale la pena hacer cosas por amor propio, aunque parezcan éstas pequeñas. Quiero que pases un día sin sentirte pequeñito, sin autocompadecerte. Quiero que descubras lo bello que eres y que recuperes esas alas que te cortaron desde niño. Deseo que el mundo te conceda la dicha de experimentar en carne propia y no a través de palabras ajenas. Que veas el mundo por tus ojos y no por los de otros. Quiero que desde hoy empieces a ganar, que no te des por vencido y que enarboles la bandera de la victoria mientras entonas el mejor canto al éxito.

Y si te queda algo de tiempo después de todo eso, deseo que me odies, por favor. Ódiame por cobarde sin remedio. Sí, eso quiero, que detestes en el fondo de tu alma la cobardía que me atavía todas las noches que no me atrevo a amarte.

Y si después de eso aún queda algo, entonces compadécete de este pobre corazón que no hará más nada que añorar tus besos por lo que le reste de conciencia.

Solo hoy sé que después del amor no hay nada. Ni siquiera palabras que valgan. Ya ni lágrimas me quedan; y eso que no he derramado ni una sola. Debe ser porque el corazón se me secó de inmediato cuando te vi desde la ventana del taxi. Avanzaba ya sin ti. Avanzaba, en realidad, ya sin mí.