Francisco

Las palabras carecen de significado por sí mismas, por separado, por eso necesariamente debemos unirlas a un contexto que les proporcionen vida. Francisco al principio no significaba nada para mí, era solo un nombre, cualquier caminante de la Viana o cualquier pasajero de la micro 17. Eso hasta que Francisco cobró un rostro, unas manos, un aliento. Fue un día cualquiera de marzo de 2008. Había pasado por varias situaciones que llevan al límite a cualquier adolescente en busca de ese algo que te devuelva la fe en la vida. Y así como si nada emerge una silueta, oscura al principio, que se fue aclarando con cada frase que intercambiamos. Seguro no habría creído esta historia si me la hubiesen contado, si no la hubiese vivido. Pero es cierto. Francisco dejó de ser palabra y se volvió carne, sueño, esperanza, eternidad. Ahora, no sé cuánto dure esta eternidad, pero poseo absoluta certeza de que esa eternidad será la más bella y duradera de las que me convide la vida. Hay eternidades de una tarde y eternidades de varios cientos de meses. Esta es de misterio. Como él. Como yo.

Fue una semana confusa. Yo estaba a punto de emprender un vuelo que habría de cambiarme la vida a golpes y caricias. Francisco estaba en el confort de su vida tranquila, su barrio y su gente. En el fondo tenía lo que yo había perdido, a lo que yo había renunciado. Me fijé en él porque desde el primer momento supe leer su corazón y lo que ahí había era pura verdad. Se fijó en mí, seguramente, como se fijan los científicos en las rarezas de la vida, los filósofos en las paradojas. Pero nos quisimos. Bailamos un par de canciones en un sitio que recuerdo solo por imágenes difusas en las que puedo perfectamente distinguir su sonrisa amplia y generosa. Compartimos algunas noches en un parque típico de barrio, con la oscuridad que nos rodeaba y la tranquilidad de sentirnos bien el uno con el otro. No estábamos solos. Nunca lo estuvimos. Pero estábamos juntos. Siempre lo estuvimos.

Tengo una foto que por alguna extraña razón representa tres siluetas en un fondo de piedras alumbradas por un poste. Pero puedo perfectamente distinguir a las personas retratadas y a través de ella puedo volver a vivir ese instante, acaso el más bello de aquella efímera semana. Reconozco a Francisco. Coloreo su silueta y trazo las líneas de sus rasgos. Lo memoricé como se memorizan los nombres de los padres, con una paciencia y rigurosidad de artista. Amplio su sonrisa para recordar lo bello que me parecía antes y mucho más ahora. Repaso sus gestos, sus palabras. Viajo al momento que selló nuestras vidas. Es temprano en la mañana, el cielo gris nos cubre y me siento segura ante las nubes amenazantes de llanto. Era una despedida y Dios lo sabía. Ahí estaba él, me esperaba para darme un pedacito de sí, de ese amor que guarda por sus prójimos. Para entregarme la paz que buscaba, para hacerme sentir amada entre la desolación de la partida, del volver a comenzar. Me regaló un abrazo que no olvidaré, que me envuelve hasta hoy cada vez que necesito recobrar la fe. Lo pienso y el mundo cobra sentido: aún queda gente bella. Me fui por varios años. Él estuvo conmigo en la ausencia. No tenía que decírmelo, yo lo sabía. Lo sentía.

Volví a su abrazo en 2012. Era febrero. Estábamos en un lugar de alto. No recuerdo exactamente el lugar ni la gente. Lo recuerdo a él. Discutíamos esos temas que me apasionan. Hablábamos de delirios ciudadanos, delirios humanos. No quería que se fuera. Pero se fue. Tenía una vida que continuar. No quería irme, pero al día siguiente partí. Me fui con su abrazo. Ese, el de siempre. El eterno. El caluroso. Lo escucho decirme “monita”. Lo siento verme partir. Lo veo partir. Nos alejamos hasta nuevo aviso. Aunque no por completo. Nuestros fantasmas rondan y nos vamos juntos, aunque separado en busca de aquello que tenemos el uno para el otro, pero no necesariamente.

Adiós, es una palabra que utilizo a menudo. Mi vida es una gran despedida. Pero solo cobró real significado en la humildes calles del vejo Olivar de boca de algunos que le proporcionaron vida a todas las palabras que he dicho de ahí en adelante. Que cambiaron mi forma de ver la vida para siempre. Francisco es un nombre común, pero después del Olivar, Francisco es un nombre perfecto, de rostro amable, de abrazo firme, de palabra justa.

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