Hambre no hombre

Hay que verlo tal vez con mis ojos para opinar que es guapo y admirar su belleza. Lo más lindo de su rostro era la timidez que se apoderaba de cada gesto y le hacía bajar la mirada cada vez que hablaba mucho (cuatro o cinco oraciones de corrido) como si estuviese disculpándose por tener cosas que decir. Tal vez lo más interesante de su rostro eran sus ojos, es sugerente como brillan todo el tiempo y como añoran con almendrada intensidad. Usaba sombrero cada vez que estaba desprovisto de un techo y vestía con cuidada mesura y sencilla pulcritud. También sus manos me parecían perfectas: grandes y fuertes, pero suaves y tiernas al tacto.

Ese es siempre mi primer pensamiento al despertar y mucho antes de animarme a tomar desayuno. Hace días ya que me está costando mucho el desayuno y se me repite el mismo recuerdo. No sé si llego a comer otras cosas durante el día, pero reconozco que el desayuno no se me da. Tal vez sea porque cuando lo veía desayunaba con ganas. Cada noche que nos encontrábamos me prometía un amanecer maravilloso. Pero ahora llevo meses sin tener uno de esos y cada día cuesta más asumirlo. 

Me desperté hace exactos 28 minutos. Los desperdicié viendo un vídeo de una gringa que explica en buen español por qué decir tuirer en vez de tuiter y por qué deberíamos excusarles a los bilingües el mal gusto de andar por la vida pronunciando palabras gringas con pretencioso desplante. Yo no los perdono. Y tampoco me perdono a mí que queriendo tomar desayuno, me prive de él a través del ridículo afán de inmiscuirme en discusiones cuyas causas ni siquiera me importan. Lo hago por inseguridad y cobardía: lo primero porque no siento que tenga la altura intelectual para entrar en discusiones sobre temas más inteligentes; lo segundo porque no me atrevo realmente a comprometerme para luchar por nada ni por nadie. Ni siquiera por mi propia alimentación.

En marzo pasado tuve mucha hambre y añoré comer cosas deliciosas, pero sólo me alcanzaba para comprar pan, arroz y tomate. Pasaban por mi mente mil formas de tomar desayunos felices: palta con cebolla y limón, palta con tomate, palta solita. Sí, exageré la metáfora. No eran mil desayunos porque mis gustos no son tan variados y mis desayunos felices llevan palta, queso o mantequilla. Siempre en ese orden. Nunca todos juntos. 

Ahora que ya tengo plata para comprar palta, queso o mantequilla para acompañar la marraqueta no lo hago. Y no es por falta de hambre porque sí deseo comer. Tal vez sea por falta de fuerzas o por falta de amor personal o por deseo de achicarme hasta desaparecer. Es que para comer paltas tendría que levantarme, bañarme, ponerme ropa limpia –no sé si tengo- y caminar tres cuadras hasta la esquina donde se pone la casera a vender cada palta por diez monedas o su equivalente en un billete. La casera me miraría como si no me hubiera visto nunca porque no me va a reconocer con el pelo verde. Tal vez me venda las paltas más caras porque va a pensar que soy extranjera: a los extranjeros siempre se les cobra más por tener la osadía de viajar y darse lujos que en el tercer mundo cuestan tanto como la dignidad. Cuando eso suceda, me avergonzaré de tener pelo verde, de haber perdido a mi casera hace meses, primero por falta de plata luego por falta de ganas. Todos murmurarán ahí va la gringa pelo apestado. Yo no me atreveré a decirles que soy de aquí y que me apesta que a cualquiera que hace algo diferente le tilden de gringa porque yo no quería ser diferente, sólo caí en la tentación millennial de renacer tras un cambio de look. 

La gringa en mi teléfono ahora comenzó a hablar sobre cómo pronunciar correctamente las marcas. Esto me interesa menos que lo anterior, sin embargo, repito sin ánimo después de ella: naiki no naik, disni no disnei, shevrolei no chevrolet… Hambre no hombre, pienso, mientras me cubro con la frazada hasta la cabeza, invento la oscuridad total en mi cama, la gringa sigue transmitiendo en el celular y yo repito: era guapo no feo, de noche no de día, no está no me levanto, no me ama no como.  

La cuarentena de bebé brígida

Rafael llegó a casa en mayo. Para ese entonces la cuarentena ya estaba cargada de ánimos confusamente deprimidos. El papá de bebé brígida se levantaba muy temprano a preparar el desayuno para toda la familia, la única merienda que jamás fallaba y la única dispuesta con real empeño. Bebé brígida tomó la noticia de la llegada de Rafael sin emociones claras y fingió cierto entusiasmo por verlo, pues sentía que era bueno volver a estar con él, pero no sabía bien en qué se iba a tornar todo.

En esa casa el día entero pasaba entre la soledad y el silencio. Rafael salvaba las cenas y con eso instauraba las conversaciones en la mesa, de ese modo el papá ya no tenía que subir el volumen de la tele para evitar ver las caras de bebé brígida y su madre y, a la vez, bebé brígida dejaba de oír los números de muertos que ya había oído a mediodía porque el papá los revisaba constantemente. Hoy es posible afirmar que Rafael tiene eso de bueno: inspira cierta confianza y hace posible el contarle cosas porque practica la escucha atenta con genuino interés.

Las primeras semanas fueron complejas, hubo días, especialmente los domingos, en que como única compañía se sentía el ruido de cuatro cucharas revolviendo el té para disolver el azúcar. La felicidad de los domingos es tan falsa que no alcanza para ser celebrada. Bebé brígida nunca le ha creído a los domingos.

La monotonía era parte de la rutina familiar y el aporte de Bebé brígida era contar siempre la misma pena. Rafael un día ha de haber colapsado ante la repetición puesto que le aconsejó que dejara de pensarlo todo y se olvidara de una vez. Ella argumentó que estaba cansada. Él aseveró: “yo también estoy cansado de esta pesadilla”. Alertada por esas palabras, Bebé brígida huyó ni bien las escuchó: no esperaba encontrarse a Rafael en bajón también. Temió que finalmente lo hubieran arrastrado a la depresión y hubieran terminado por quebrar su espíritu. Ella, melancólica y cabreada, no estaba lista para lidiar con eso.

Entre tantas conversaciones con la náusea tatuada en el estómago, una tarde Rafael dijo que el número tres era perfecto tanto para la vida como para los juegos, porque el veedor puede agregar emoción como una especie de arbitro. “Tesis, antítesis síntesis”, agregó y bebé brígida pensó que ese un era muy barato argumento. A la vez bebé brígida, pensaba que en realidad el cuatro es el número perfecto porque lo armoniza todo: cuando Rafael llegó completó a la familia y ya no hubo más días vacíos habitados sólo por números de muertos.

Con la perspectiva de los pocos meses transcurridos, bebé brígida no imagina la cuarentena sin Rafael, francamente piensa que habrían colapsado sin él. El papá se atormentaba a diario con el número de muertos y Rafael lo sacó de ahí con historias, anécdotas y recuerdos de gente a la que tenían en común. Se les veía contentos juntos. La mamá miraba su teléfono y luego levantaba la vista enfocando a su familia sólo para decirles: ya me voy a dormir, chao. Las poquitas horas que estaba en casa las pasaba con su mejor aliado: el celular. Ella decía que en el hospital se pasaba rápido el día y que se sentía muy asfixiada en su denso traje compuesto por ropa, doble mascarilla y buzo impermeable. El primer mes la mamá le dijo al papá que guardaran distancia y el papá se fue al piso de arriba para evitar contagios. Esto a raíz de que en el hospital le habían tomado el examen y salió positivo. Guardó ese secreto celosamente aunque éste se hacía evidente por la distancia entre papá y mamá. Bebé brígida tenía una imponderable inclinación por la muerte así que cada vez que podía bebía de la taza de su madre para acabar con ese delirio llamado vida. Pero nunca obtuvo resultados positivos. Rafael un día quiso agrandar las confianzas y pidió a bebé brígida beber de su copa de vino y ella accedió, mientras pensaba que él sería el único que moriría y ella no sabría cómo explicarle a su madre el deceso. Luego de un tiempo cargando con la triste noticia de haber dado positivo al examen, la mamá se volvió muy desconfiada sobre la veracidad de dichos resultados y, tras una jornada de ardua jardinería y aislamiento, volvió al hospital y descubrió que había cosas extrañas sucediendo: a cualquiera le hacían pasar por COVID, vivo o muerto, síntomas o no síntomas. Así que concluyó que nunca había tenido COVID y que si alguna vez lo tuvo fue hace dos años cuando realmente casi murió de una infección pulmonar.

Luego de eso papá volvió a su cuarto. Y la vida pareció comenzar a retomar el ritmo pausado por la tendencia personal de cada cual a la tragedia que no cesa de avanzar pero jamás alcanza el climax. Aunque el punto máximo de la depresión fue cuando pensaron que mamá tenía COVID. Nadie hablaba y sólo sonaban las cucharas revolviendo el fondo de una profunda taza de tristeza. Rafael un día rompió el silencio y les invitó a jugar: recibió tres rotundos no. Ese mismo día Rafael le preguntó a bebé brígida qué hacían los domingos antes de su llegada y ella respondió con inusitada seguridad: esto. Es decir, nada.

Dos meses antes de que Rafael llegara a casa, bebé brigida tuvo un sueño en el que se veía haciendo alfarería en un jardín hermoso. Se lo contó al terapeuta y él le recomendó hacer el sueño realidad. En el mes de junio Rafael les propuso hacer cerámica. Fue su única estudiante y su vida cambió un poco. El primer día de clases se atavió de elegancia y se sentía hermosa, como rindiendo un homenaje al sueño vuelto realidad. Oler la tierra, amasar, estar debajo de los árboles, ensuciar la ropa, todo le daba una sensación de que así quería vivir para siempre. Por esos días también soñó con un lugar muy grande en el que estaba haciendo masitas con su prima mientras pensaba para tomar la decisión de irse en bicicleta, en caballo blanco o en trufi. Al parecer decidió irse en el trufi, pero no lo tiene muy claro. Cinco meses después terminó trabajando con su prima con la cual no había hablado hace un año. Hoy, un primero de noviembre, se encuentra dictando esta crónica en vez de estar preparando las masitas con su prima y aún tratando de decidir si tomar el caballo blanco, la bici o el trufi. Esta es una decisión que, al parecer, aún no puede tomar porque ha de descubrir primero qué significan esos símbolos.

*

¿Se habrá acabado la cuarentena ya? La eternidad de ciertas cosas en ocasiones es insoportable. Tal vez a eso se deba el hecho de que sólo quien es jugado por el juego puede triunfar. Nada hay más serio que el juego.

*

Lo cierto es que Rafa ya no está. Se fue hace seis días convertido en el papi príncipe que salvó a una familia entera del silencio y la autodestrucción y habiendo hecho jugar a varias personas con sus ideas, su voluntad y sus palabras.

En caso de…

Te dejo esta botella de vino sobre la mesa para que la bebas y me recuerdes. Y pienses que me quisiste y me hayas querido de verdad. Y lo sepas a destiempo, pero lo sepas al fin.

Después de todo ya no hay nada que hacer.

Los intentos  por repetir lo que no es posible hacer bien se agotan.

En caso de que no lo hubieses notado a tiempo, te quise.

Tal vez eso sea todo.

 

¿Cómo se piensa?

Se piensa en silencio y oscuridad
o en una escalera transitada como los pasillos de un cementerio:
a veces y con pesar.

Se piensa a menudo y en soledad
o en el dintel de una altiva catedral visitada por los viejos:
cabizbajo junto a palabras de sagrada eternidad.

Envejecer

 

El otro día leí en una reseña sobre La muerte del prójimo de Luigi Zoja, que el sistema nervioso del ser humano “está preparado para reconocer, almacenar y dar la bienvenida a un número muy pequeño de rostros”. No obstante a esto, el habitante de grandes urbes “ve miles de rostros anónimos todos los días. Esto genera en él un grado de tensión significativo ya que siempre están activados sus mecanismos de alarma […] frente al extraño”. Esto me angustió bastante porque caminando por las calles siempre he notado lo intimidadas que solemos sentirnos las personas frente a los demás, que ya no reconocemos como prójimos sino solamente como otros totalmente ajenos a nosotros. Esto no ha de extrañar: si las ciudades están tan llenas, las posibilidades de encontrar un rostro amigable se vuelven nulas. Por eso estamos tan solos, cada vez más solos. Mientras más vaciamos el campo para llenar ciudades, más solos nos vamos quedamos.

Pienso esto justo hoy, que, como tantas otras veces, me he despertado en una ciudad que no conozco, que no me conoce. Y sí, es triste. Sigue siendo triste. Escribo esto no sé muy bien con qué fin, sólo me hace falta hacerlo. Lo hago mientras suena Bloque depresivo, en ese bello concierto que dieron en el Théâtre de la Ville y de cuando en vez miro por la ventana para ver el gris, el verde, el contraste; también a veces, mientras me detengo a pensar sobre lo que quiero escribir, estiro la frazada en la que me envolví para asegurarme de que ningún rincón de mi cuerpo esté desprovisto de calor.

Estoy algo cansada, titubeo, no sé muy bien lo que siento. Entonces pienso en los versos del poeta, el gran poeta Jorge Teillier:

Tal vez nunca debí salir del pueblo 
Donde cualquiera puede ser mi amigo.

Las reflexiones no llegan al azar, nada de lo que me pasa, de lo que nos pasa es independiente de los factores políticos, sociales, culturales del sitio que se habita. No se puede negar que somos no sólo un individuo, sino también un ser en constante desarrollo. Somos también lo que hemos sido hechos. Estas reflexiones no llegan al azar, decía, y tienen que ver con ir haciéndose vieja, con comenzar a añorar regresar a casa para protegerse de este mundo vertiginoso, con extrañar a los amigos, con no haber visto crecer a los sobrinos, con notar que la ciudad natal es ahora desconocida.

Tiene que ver también con haber abandonado la búsqueda infructuosa de estímulos para vivir sin ser cuestionada todo el tiempo. Es que el sistema nos exige demasiado: tener tiempo productivo (trabajo) y tener tiempo libre (el cual no puedes perder porque la vida es ahora y tienes que aprovechar cada segundo). En realidad no es tan necesario mudarse constantemente, conocer muchas personas, comprar algo nuevo todo el tiempo, querer vivir una emoción nueva cada día. En realidad solo necesitamos una zona de confort, participar en comunidad, descansar, mirar a los ojos del otro y ver a un prójimo, no a un extraño, mucho menos a una amenaza.

Tiene que ver con percibir el sufrimiento en cada rincón y no poder hacer nada. Con ver a los Mapuche reprimidos en ambos lados de la cordillera. Tiene que ver con descubrir que no hay forma de cerrar los ojos, de ir tranquila por el mundo cuando la indiferencia no es una práctica de vida para ti. Tiene que ver sobre todo con haberse cansado de querer hacerlo todo y terminar haciendo siempre muy poquito. Tiene que ver con que el silencio está en desuso, la pluralidad muy de moda y la empatía en el pasado.

Quizás sólo tenga que ver con esas insufribles ganas de volver a casa y hacer hogar codo a codo contigo, con los demás, con todos y cada uno en su sitio.

 

Las estrellas del silencio

 

Anoche miraba las estrellas junto a un pino inmortal.

Las estrellas son testigos silenciosos de lo que aquí acontece, por eso les formulé mis dudas. Alcé plegarias y respiré profundo. La luna llena me saludaba brillando austera tras unas débiles nubes pasajeras. La noche era mía. Corrijo: yo fui de la noche.

Anoche miraba las estrellas junto a un pino inmortal respirando vida en la oscuridad.

Un gato tan negro como la noche me miraba tras un árbol de flores rojas. La luna acariciaba sus rostros e iluminaba el mío. Yo soy la que los vi pasar, soy el testigo de que el viento soplaba en la dirección equivocada el día que volaron junto al mar. Soñaba con no tener que invertir tanto esfuerzo en lo que ama, que fluyera natural. Nada nace sino del esfuerzo, gritó. Baje la mirada para respetar, para asentir, para sentir que duele y tiene que doler.

Bajo un manto de estrellas anoche me miré.
Lejos me vi
perdida entre frases disonantes
haciendo de mi canción amor.

Bajo un manto de estrellas anoche me miré
Impregnada de nostalgia y desesperación
clamando a voz sorda
por consuelo.

 

 

 

No sé

No sé cómo se habla de la ausencia cuando no se quiere acortarla. Como aquella vez que estando completamente a oscuras no sabía cómo comportarme ante la imposibilidad de ver. Siento que se me escapa la distancia y se me hace enorme. Me refiero a esa distancia que me mantiene lejos del amor, o sea, de las letras. Hay ausencias que hacen de la distancia un estadio obligado y ya no puedes escapar de ahí. He de vivir esta ausencia que me persigue como una sombra imposible de asir.

No sé cómo se dice adiós a la muerte. No puedo mirarla a la cara y decirle que estoy bien, que acepto que vaya retirando de mi lado uno a uno a mis amados. Sentada en un sillón mientras la oscuridad de la noche me hacía imposible la esperanza, me visitó la fría sensación de la pérdida ante la capa oscura. Esa capa oscura que anuncia el retiro definitivo. Era ligero el equipaje. Era triste la historia. Otra vez.

Quizás se deba a que la vejez en un tiempo de la vida se hace irreversible. Y no me refiero a los muchos años. Sólo hablo de los 27.  Ya saben. Ya han oído hablar de eso. Yo también. Sólo que aún no lo he vivido. Pero hay algunos que ni siquiera saben de la infancia, de ese gozado sorbo de coca cola a los 5 años, del cosquilleo de la arena y la ola pequeña que te atrapa enorme a los 7, del abrazo de oso de una abuela gigante que no mide más que tu madre… del amor, es eso, el amor que hace enorme lo que quizás ni siquiera existe. Lo que quizás nunca existirá.

Pero aquí seguimos, bebiendo el último trago de agua blanca, muriendo, como el poeta, de vino y no de tedio.