Las estrellas del silencio

 

Anoche miraba las estrellas junto a un pino inmortal.

Las estrellas son testigos silenciosos de lo que aquí acontece, por eso les formulé mis dudas. Alcé plegarias y respiré profundo. La luna llena me saludaba brillando austera tras unas débiles nubes pasajeras. La noche era mía. Corrijo: yo fui de la noche.

Anoche miraba las estrellas justo a un pino inmortal respirando vida en la oscuridad.

Un gato tan negro como la noche me miraba tras un árbol de flores rojas. La luna acariciaba sus rostros e iluminaba el mío. Yo soy la que los vi pasar, soy el testigo de que el viento soplaba en la dirección equivocada el día que volaron junto al mar. Soñaba con no tener que invertir tanto esfuerzo en lo que ama, que fluyera natural. Nada nace sino del esfuerzo, gritó. Baje la mirada para respetar, para asentir, para sentir que duele y tiene que doler.

Bajo un manto de estrellas anoche me miré.
Lejos me vi
perdida entre frases disonantes
haciendo de mi canción amor.

Bajo un manto de estrellas anoche me miré
Impregnada de nostalgia y desesperación
clamando a voz sorda
por consuelo.

 

 

 

No sé

No sé cómo se habla de la ausencia cuando no se quiere acortarla. Como aquella vez que estando completamente a oscuras no sabía cómo comportarme ante la imposibilidad de ver. Siento que se me escapa la distancia y se me hace enorme. Me refiero a esa distancia que me mantiene lejos del amor, o sea, de las letras. Hay ausencias que hacen de la distancia un estadio obligado y ya no puedes escapar de ahí. He de vivir esta ausencia que me persigue como una sombra imposible de asir.

No sé cómo se dice adiós a la muerte. No puedo mirarla a la cara y decirle que estoy bien, que acepto que vaya retirando de mi lado uno a uno a mis amados. Sentada en un sillón mientras la oscuridad de la noche me hacía imposible la esperanza, me visitó la fría sensación de la pérdida ante la capa oscura. Esa capa oscura que anuncia el retiro definitivo. Era ligero el equipaje. Era triste la historia. Otra vez.

Quizás se deba a que la vejez en un tiempo de la vida se hace irreversible. Y no me refiero a los muchos años. Sólo hablo de los 27.  Ya saben. Ya han oído hablar de eso. Yo también. Sólo que aún no lo he vivido. Pero hay algunos que ni siquiera saben de la infancia, de ese gozado sorbo de coca cola a los 5 años, del cosquilleo de la arena y la ola pequeña que te atrapa enorme a los 7, del abrazo de oso de una abuela gigante que no mide más que tu madre… del amor, es eso, el amor que hace enorme lo que quizás ni siquiera existe. Lo que quizás nunca existirá.

Pero aquí seguimos, bebiendo el último trago de agua blanca, muriendo, como el poeta, de vino y no de tedio.

Estar

Hace unos días comencé a aprender una lengua no perteneciente a la familia de mi natal castellano que, la verdad sea dicha, me fue legado bajo extrañas circunstancias. Luego de salir de clases obnubilada por todo lo aprendido, pasé por una librería y compré (sin motivos aún claros) todos los libros de gramática que había sobre las lenguas de la familia de mi natal castellano. Después pasé por una calle hermosa y leí un letrero que decía “Taller de títeres”, entré de inmediato al sitio y comencé a darle vida a pequeñas creaciones que revivían viejos diálogos de almas distantes. Más tarde fui a tomar un té con una amiga y la escuché con mucha atención. Me sentía humana, tan humana que podía, a través de códigos, oír emociones ajenas. Tantas emociones que los títeres cobraban voz  propia, tantas emociones que mi amiga tenía mi respeto. Me sentía invencible, más que enseñarme una lengua muy extraña ese profesor me había dado alas, quería aprenderlo todo, quería sobre todo aprender  a oír.

De pronto la vida me pareció un entramado de palabras por oír, un misterio por descubrir cuyas pistas no nacen en mi lengua que parece haber emigrado de mi boca. Ahora caigo en cuenta de la más pequeña y dulce de las certezas: el silencio es el camino a la sabiduría y no porque en mí esté la respuesta, sino porque me constituye un otro… y para darle paso a ese otro, para darle el derecho de vivir, entonces debo permitirme el honor de oírle.

En definitiva, hoy por hoy aprendo palabras nuevas en códigos tan lejanos a mi natal castellano sólo para sumergirme cada vez más en un profundo silencio que me enseñe a esperar mi tiempo de hablar.

Escribir

Nunca antes había sentido tantas ganas de escribir. Llegué de pasarlo muy bien, debería estar cansada. Pero no, tengo tantas ganas de escribir que no puedo ir a dormir. No sabía dónde plasmar estas ganas, mi cuaderno de escribir, mi agenda, mi libreta, un nuevo documento de Word… Mi blog. Hace mucho tiempo que no pasaba por aquí. Acaso no tenga nada que decir pero me hace muy feliz estar aquí, retomando este camino.

El camino está aclarando, estuvo antes oscuro aunque hubo luces. Me llama la atención que cuando sufrí, cuando necesité tanto un abrazo nadie me lo dio. Hoy tampoco alguien me lo ofrece, pero ya no lo necesito tanto como el adulador cree.

Jugué con fuego desde la orilla del río (que nunca es el mismo, dicen) y me quemé con el reflejo del sol en el agua que presurosa arrancaba de nuestro desastre, del alma que aturdía el paso naciente con vanidad de vanidades.

De mi, quizás. De quién más.

Me acuerdo del Prado… caminado de noche junto a él que me agradecía como si le estuviera haciendo un favor al estar a su lado. Me acuerdo de su pantalón usado hasta el cansancio reposando sobre el suelo helado mientras nuestros cuerpos viajeros se abrasaban bajo la sábana invernal. Me acuerdo de su beso rodando por mis praderas, quise decir caderas, quise decir veredas. Me besaba tanto, eso quise decir. Amor al prado. Esto no es un romance, es una razón para el beso, para darte las gracias, recuerdo.

Le doy ventaja a la memoria porque no puedo regresar. Te doy ventaja a ti porque no puedo más que amar.

 

 

Vida

Ayer precisábamos de un implemento que sirviera para bautizar a Jesús. No, no se ha concretado la segunda venida, sólo se trataba de una dramatización del bautismo de Jesús a manos de Juan como lo relata Mateo en el evangelio que se le atribuye. El caso es que una chica dijo que se haría cargo del asunto y pronto llegó con una flor arrancada de su hogar. Me sentí inmediatamente culpable y pedí que trajeran un recipiente con agua en el cual dejar descansar a la flor. La gente me dijo que no era necesario, que ella moriría igual, y yo les dije que en tal caso quería que tuviera una muerte menos atroz. A muchos mi actitud les pareció exagerada e innecesaria, pero no puedo obviar la vida detrás de la apariencia inerte de la flor.

Hace años mi profesor de inglés llegó a la sala de clases con una flor medio muerta en la mano. Nos contó que al subir al metro la encontró en un asiento y decidió llevarla al salón para ponerla en un recipiente con agua porque no podía dejar a un ser viviente morir con tamaña desolación. Por esos años me pareció tierno pero exagerado. No hay nadie más egoísta que un adolescente, le escuché decir a un poeta hace unos días. Y vaya que cierta es esa frase. Yo, por entonces, adolescente, muy preocupada de mi propia existencia no hallé mayor relevancia en el gesto de mi profe. Ahora, es cuando he ganado perspectiva y puedo dejar de lado mi vanidad para legarle mis respetos a la flor que arrancamos para bautizar a Jesús. Podríamos haber utilizado cualquier cosa y dejar a esa flor continuar con su existencia hasta que la naturaleza de su vida fuera desplazada por la muerte natural. Pero no fue así. Fue arrancada y me siento responsable. Le debemos respeto a la vida y no tan sólo a la humana.

Lectura, amor y decepción

Alguien me dijo: tarde o temprano todos terminan decepcionándose de Heidegger. Eso me tiene muy inquieta porque me he pasado unos días de ensueño leyendo con esa adrenalina que se apodera del cuerpo, del alma cuando la lectura interpela y conmueve. Pero me acecha ese malvado mensaje que me envío un egoísta sin permitirme siquiera caer en el amor antes de romper la ilusión. Es como si estuviese casándome y justo ante el altar los dioses sentenciaran: serán felices mientras dure pero tarde o temprano dejarán de amarse.

No me he decepcionado de Heidegger aún, pero me agobia la idea de que en algún momento me abandone este olvido del mundo que permite que las horas pasen volando y no precise más que empaparme de letras.

No se preocupen, no estoy obsesionada. De cuando en vez me tomo descansos y me voy a otro cuarto a leer a Juan Villoro. Quisiera devorarme con avidez los textos, como lo hiciera el mítico Rain Man cada día de su vida. Qué bellas se tornan las jornadas que te permiten leer y maravillarte del milagro de que las letras existan y los seres humanos se hagan a partir de ellas. No entiendo cómo puede haber gente que vive tranquila en este planeta negándose el placer de leer…

Es abrumador de pronto, lo sé. Pero debe serlo. La vida no debiese sucedernos como algo trivial pues el arte de llevar una existencia a cabo en la inmensidad del universo no es sino el más magnífico trabajo que se nos pueda encomendar… y poder tomar consciencia de ello es un regalo invaluable.

Por eso ahora mismo presionaré el botón publicar y volveré a Villoro o a Heidegger. Continuaré mi viaje, viviré las vidas posibles de una lectora que siempre está dispuesta a una nueva aventura, a una nueva conmoción, a una nueva teoría, a una nueva decepción.