Estar

Hace unos días comencé a aprender una lengua no perteneciente a la familia de mi natal castellano que, la verdad sea dicha, me fue legado bajo extrañas circunstancias. Luego de salir de clases obnubilada por todo lo aprendido, pasé por una librería y compré (sin motivos aún claros) todos los libros de gramática que había sobre las lenguas de la familia de mi natal castellano. Después pasé por una calle hermosa y leí un letrero que decía “Taller de títeres”, entré de inmediato al sitio y comencé a darle vida a pequeñas creaciones que revivían viejos diálogos de almas distantes. Más tarde fui a tomar un té con una amiga y la escuché con mucha atención. Me sentía humana, tan humana que podía, a través de códigos, oír emociones ajenas. Tantas emociones que los títeres cobraban voz  propia, tantas emociones que mi amiga tenía mi respeto. Me sentía invencible, más que enseñarme una lengua muy extraña ese profesor me había dado alas, quería aprenderlo todo, quería sobre todo aprender  a oír.

De pronto la vida me pareció un entramado de palabras por oír, un misterio por descubrir cuyas pistas no nacen en mi lengua que parece haber emigrado de mi boca. Ahora caigo en cuenta de la más pequeña y dulce de las certezas: el silencio es el camino a la sabiduría y no porque en mí esté la respuesta, sino porque me constituye un otro… y para darle paso a ese otro, para darle el derecho de vivir, entonces debo permitirme el honor de oírle.

En definitiva, hoy por hoy aprendo palabras nuevas en códigos tan lejanos a mi natal castellano sólo para sumergirme cada vez más en un profundo silencio que me enseñe a esperar mi tiempo de hablar.

Escribir

Nunca antes había sentido tantas ganas de escribir. Llegué de pasarlo muy bien, debería estar cansada. Pero no, tengo tantas ganas de escribir que no puedo ir a dormir. No sabía dónde plasmar estas ganas, mi cuaderno de escribir, mi agenda, mi libreta, un nuevo documento de Word… Mi blog. Hace mucho tiempo que no pasaba por aquí. Acaso no tenga nada que decir pero me hace muy feliz estar aquí, retomando este camino.

El camino está aclarando, estuvo antes oscuro aunque hubo luces. Me llama la atención que cuando sufrí, cuando necesité tanto un abrazo nadie me lo dio. Hoy tampoco alguien me lo ofrece, pero ya no lo necesito tanto como el adulador cree.

Jugué con fuego desde la orilla del río (que nunca es el mismo, dicen) y me quemé con el reflejo del sol en el agua que presurosa arrancaba de nuestro desastre, del alma que aturdía el paso naciente con vanidad de vanidades.

De mi, quizás. De quién más.

Me acuerdo del Prado… caminado de noche junto a él que me agradecía como si le estuviera haciendo un favor al estar a su lado. Me acuerdo de su pantalón usado hasta el cansancio reposando sobre el suelo helado mientras nuestros cuerpos viajeros se abrasaban bajo la sábana invernal. Me acuerdo de su beso rodando por mis praderas, quise decir caderas, quise decir veredas. Me besaba tanto, eso quise decir. Amor al prado. Esto no es un romance, es una razón para el beso, para darte las gracias, recuerdo.

Le doy ventaja a la memoria porque no puedo regresar. Te doy ventaja a ti porque no puedo más que amar.

 

 

Vida

Ayer precisábamos de un implemento que sirviera para bautizar a Jesús. No, no se ha concretado la segunda venida, sólo se trataba de una dramatización del bautismo de Jesús a manos de Juan como lo relata Mateo en el evangelio que se le atribuye. El caso es que una chica dijo que se haría cargo del asunto y pronto llegó con una flor arrancada de su hogar. Me sentí inmediatamente culpable y pedí que trajeran un recipiente con agua en el cual dejar descansar a la flor. La gente me dijo que no era necesario, que ella moriría igual, y yo les dije que en tal caso quería que tuviera una muerte menos atroz. A muchos mi actitud les pareció exagerada e innecesaria, pero no puedo obviar la vida detrás de la apariencia inerte de la flor.

Hace años mi profesor de inglés llegó a la sala de clases con una flor medio muerta en la mano. Nos contó que al subir al metro la encontró en un asiento y decidió llevarla al salón para ponerla en un recipiente con agua porque no podía dejar a un ser viviente morir con tamaña desolación. Por esos años me pareció tierno pero exagerado. No hay nadie más egoísta que un adolescente, le escuché decir a un poeta hace unos días. Y vaya que cierta es esa frase. Yo, por entonces, adolescente, muy preocupada de mi propia existencia no hallé mayor relevancia en el gesto de mi profe. Ahora, es cuando he ganado perspectiva y puedo dejar de lado mi vanidad para legarle mis respetos a la flor que arrancamos para bautizar a Jesús. Podríamos haber utilizado cualquier cosa y dejar a esa flor continuar con su existencia hasta que la naturaleza de su vida fuera desplazada por la muerte natural. Pero no fue así. Fue arrancada y me siento responsable. Le debemos respeto a la vida y no tan sólo a la humana.

Lectura, amor y decepción

Alguien me dijo: tarde o temprano todos terminan decepcionándose de Heidegger. Eso me tiene muy inquieta porque me he pasado unos días de ensueño leyendo con esa adrenalina que se apodera del cuerpo, del alma cuando la lectura interpela y conmueve. Pero me acecha ese malvado mensaje que me envío un egoísta sin permitirme siquiera caer en el amor antes de romper la ilusión. Es como si estuviese casándome y justo ante el altar los dioses sentenciaran: serán felices mientras dure pero tarde o temprano dejarán de amarse.

No me he decepcionado de Heidegger aún, pero me agobia la idea de que en algún momento me abandone este olvido del mundo que permite que las horas pasen volando y no precise más que empaparme de letras.

No se preocupen, no estoy obsesionada. De cuando en vez me tomo descansos y me voy a otro cuarto a leer a Juan Villoro. Quisiera devorarme con avidez los textos, como lo hiciera el mítico Rain Man cada día de su vida. Qué bellas se tornan las jornadas que te permiten leer y maravillarte del milagro de que las letras existan y los seres humanos se hagan a partir de ellas. No entiendo cómo puede haber gente que vive tranquila en este planeta negándose el placer de leer…

Es abrumador de pronto, lo sé. Pero debe serlo. La vida no debiese sucedernos como algo trivial pues el arte de llevar una existencia a cabo en la inmensidad del universo no es sino el más magnífico trabajo que se nos pueda encomendar… y poder tomar consciencia de ello es un regalo invaluable.

Por eso ahora mismo presionaré el botón publicar y volveré a Villoro o a Heidegger. Continuaré mi viaje, viviré las vidas posibles de una lectora que siempre está dispuesta a una nueva aventura, a una nueva conmoción, a una nueva teoría, a una nueva decepción.

Ausencias

la-paz

Fui a La Paz. Siempre me hace feliz visitar esa caótica y horrenda ciudad a la que admiro como una niña que por primera vez siente un algodón de azúcar deshacerse entre paladar y lengua. Esto no tiene nada que ver con lo que diré  a continuación, sólo quería contarles que fui a La Paz, que por la noche tras mi ventana vi las luces de la ciudad alejarse y me prometí regresar pronto, que comencé a extrañarla en ese mismo instante y que aún no termino de asombrarme ante la maravilla de que tanta gente haya sobrevivido a la rudeza de Los Andes. La Paz es una ciudad increíble, llena de contrastes y sorpresas… pero no quiero hablar de ello ahora, sólo quería decir lo que ya he dicho antes: fui a La Paz.

Lo que me trajo de regreso aquí es que hace unos cuántos sábados pinté la cocina de mi casa con la esperanza de que el nuevo color de las paredes me alentara a escribir más. Han pasado al menos cinco sábados y no he escrito más que siete páginas en el cuaderno de anotar. Todas han sido redactadas en plazas públicas de la ciudad, ninguna en la cocina resplandeciente. Es que estoy con mucho cansancio, poco tiempo libre y mucha lectura. Todo lo que me quita el tiempo de escritura es apasionante, pero extraño escribir con la regularidad que purgaba mi espíritu y me agobia saber que la nueva tonalidad de la cocina no ha causado en mí el efecto esperado.

La cocina sigue sin ser estrenada. Ahora estoy escribiendo desde la biblioteca a la cual no puedo asociarme por no cumplir con uno de sus requisitos odiosos: no tengo un pariente directo en esta ciudad que me sirva de aval. Quiero leer los libros que hay aquí, pero me cuesta pasarme las pocas horas libres viajando hasta estas instalaciones para encontrarme cara a cara con mi autora favorita. La literatura siempre ha sido para mí un amor no correspondido, quizás sea hora de aceptarlo y dejar de añorar la escritura que no me fluye y la lectura que siempre encuentra excusas para alejarme.

Como si todo lo anterior fuese poco, he abandonado la blogósfera porque no he encontrado tiempo de calidad para dedicarle a mis blogs favoritos. Espero también haber sido extrañada, si no esta entrada carecería de sentido y sólo le estaría explicando esta prolongada ausencia a esa parte de mí que cada día recuerda con nostalgia los paseos por cada blog.

En fin, quizás este no sea un regreso definitivo, pero sí es una señal: la cocina será estrenada algún día y la ausencia llegará a su fin definitivo. Por ahora sólo resta soñar.